Eterno Retorno

Saturday, May 07, 2005

Leviatán
Paul Auster
Anagrama

Por Daniel Salinas Basave

Irremediablemente, cual si se tratara de un designio superior a la propia voluntad, uno regresa a ciertos autores como un venado a su abrevadero.
Paul Auster es de esos narradores de cuya pluma debo abrevar cada cierto tiempo.
Cuando uno pasa de la sorpresa y el descubrimiento a la familiarización con cierto autor, el fenómeno de la lectura comienza a adquirir nuevos códigos.
Pareciera como si escritor y lector practicaran una suerte de guiños cómplices y acabaran por gastarse esas bromas silenciosas que sólo los antiguos amantes comprenden.
Con Paul Auster me parece estar llegando a esa etapa en Leviatán. Atrás ha quedado la sorpresa del descubridor que se interna en El país de las últimas cosas y esa cosa parecida al suspenso que me produjeron las historias de Trilogía de Nueva York.
El universo Paul Auster ha dejado de ser una selva vírgen y sin darme cuenta empiezo a caminar por sus párrafos con la soltura de quien conoce un camino.
Es cierto, cuando se conoce a un autor es casi inevitable caer en el vicio de compararlo con las obras anteriormente leídas.
Esto me pasa en Leviatán, que inevitablemente me remite a la última historia de Trilogía de Nueva York, La habitación cerrada.
Casi podría afirmar que estas dos historias son hermanas gemelas y sí, desde el primer capítulo tuve la impresión de que ese libro ya lo había leído y si bien el inicio de Leviatán es más contundente, la estructura y la temática acaban por hermanarlos.
La novela comienza con un hombre que vuela en pedazos en una carretera de Wisconsin al estallar en sus manos la bomba que él mismo ha fabricado.
El hecho es narrado en primera persona desde un futuro inmediato, sólo seis días después, por un narrador en primera persona que al presentarse fija claramente las reglas del juego.
Desde un principio nos dice que el hombre que ha estallado hasta convertirse en irreconocibles cenizas es Benjamín Sachs, pero eso es algo que sólo el narrador sabe.
Una vez que ha convertido al lector en cómplice de su secreto, el narrador nos dice que comenzará a contarnos la historia de Benjamín Sachs y nos advierte que la historia de esa vida bien puede leerse como un descenso hacia los infiernos interiores.
Así las cosas, el autor ha apostado por mostrarnos todas sus armas desde el inicio de la contienda y pese a ello lector acepta el desafío.
En ese momento uno cree estar leyendo una nueva versión de La habitación cerrada. Ambos libros tratan sobre un escritor del underground estadounidense, enigmático, oscuro, visceral y por momentos inocente, cuya historia es narrada por un amigo, en teoría más cuerdo o menos loco.
Y si bien el narrador jamás abandona el futuro inmediato, la historia adquiere desde ese momento una estructura lineal.
Pero a partir de ese momento, pese a lo lineal de la estructura en apariencia predecible, la historia se transforma en un dilema entre la vocación literaria y el compromiso político y en la cruenta batalla entre realidad y ficción unidas en un matrimonio por conveniencia
No se si Leviatán sea, como dice Catherine Argand, la novela más hermosa de Paul Auster.
Lo cierto es que puedo afirmar que su autor se ha transformado en el único escritor estadounidense vivo al que puedo empezar a considerarme adicto.