Eterno Retorno

Friday, July 09, 2004

Los culturosos

Los poetas exultan cuando no comprenden lo que se dice sobre ellos. La jerga les halaga y les produce la ilusión de un ascenso. Semejante debilidad los rebaja al nivel de sus glosadores. E.M. Cioran.


En mi tag Itzel me dice que queda con algunas dudas sobre la forma de categorizar a los culturosos pequeño burgueses que se atrevieron a insultar a un colega en el Zacaz. Buen tema.

Aquí en la blogósfera son conocidos como culturosos. Mi amigo Rudy hace unos diez años los llamaba maextrozos. La forma de nombrarlos es lo de menos. Son tan estereotípicos, que todo mundo puede saber a que nos referimos.
Los culturosos, cultureros, maextrozos, artistoides, intelectuales o como ustedes quieran llamarlos, son fauna de lo más estereotipable. No, no me gusta hacer juicios a priori de la gente, pero por desgracia estos personajes tienen una manera tan odiosamente uniforme de actuar, que es imposible no caer en el pecado de la generalización. Esta fauna se encuentra por todas partes. Lo mismo en el DF que en Tijuana o en Monterrey. Parecen formar una suerte de secreta hermandad. Comparten en la sangre un insoportable deseo de reconocimiento social, trascendencia y admiración. También comparten muchísimas inseguridades, que las más de las veces se ven reflejadas en serias dudas sobre su orientación sexual. Se hacen llamar artistas multidisciplinarios, poetas contraculturales, novelistas post narrativos e hipertextuales, videoastas, promotores culturales, djs y otros apelativos incomprensibles. Son exactamente lo mismo que el compañero petulante de la secundaria que presume el carro del año que le regaló papá y la muñequita que se ligó en la disco. Tienen exactamente la misma sed de reconocimiento social y ambos se ahogan, como dice Nachón, en los jugos narcisísticos de su incurable estupidez

Existen personas que han llegado a creer que yo tengo alguna afinidad hacia esos ambientes. Nada más falso.
Yo no entiendo un carajo de arte y cultura. Soy el típico y odioso ignorante que la ver una pieza de junk art conceptual o un cuadro de formas indescifrables, se pregunta ¿Y a poco esto es arte?
Para pintores, pues yo me quedo con mi compadre Francisco de Goya y Lucientes, al que considero inigualable. Y con mis suegros, que pintan bien chingón la mera verdad.

De música nada se. Tengo un oído de artillero. Aborrezco la música de Silvio y Milanés y la Trova y todo ese mierdero que tanto fascina a esos personajes de la cultura. La electrónica simplemente no la comprendo. Trance, techno, hyper, psyco, dance, indie y otros nombres impronunciables resultan exactamente lo mismo para mí y las más de las veces me aburren horriblemente. Lo mío es puro, vil y simple rock duro (aclaro que escribo disco con un concierto de Deep Purple en mis audífonos).

No se nada de escultura, ni de arte instalación, ni de performance ni mucho menos de cine (guácala, odio el cine para ser sincero) . Ya he dicho mil veces que lo único capaz de mantener mi atención en una pantalla es un partido de futbol. Vista la situación, soy un burdo ignorante que no tiene prácticamente tema de conversación con alguien entendido en los vericuetos del arte moderno. A mi me gusta más hablar de goles, errores arbitrales y grandes atajadas.

Sólo hay un punto que podría en dado momento equipararme a la pandilla cuturoide. Y es que resulta que yo tengo un pequeño defecto. Estoy enfermo, padezco una adicción incurable peor que la heroína, que yo no elegí: Me gusta mucho leer. Ni modo, yo no puedo hacer nada para remediarlo. Tengo hacia los libros las mismas reacciones que un tecato frente a una jeringa. Soy adicto a eso que llaman literatura y de la que tanto alardean algunos prominentes miembros de la fauna culturera, obsesionados en pronunciar nombres de autores que nadie conoce.
Ni pedo, ¿yo qué puedo hacerle? La neta me gusta mucho leer, es una de las cosas que más placer me generan en este mundo. La lectura es un fin en si mismo para mí, no un medio para llegar a nada. ¿Para qué me sirve leer? Para una chingada, para ser feliz en el momento en que leo y ya. La lectura es un acto egoísta y masturbatorio del que no puedo rehabilitarme. ¿Me volveré un demente como Alonso Quijano? ¿O ya lo seré?
No se sí conozco algo de literatura o si he leído muchos o pocos libros ni me importa. Soy tan hedonista, que sólo me preocupa el placer que me procuro a mi mismo mientras leo.

Por cierto, y ya que se pone sobre la mesa de debate el tema este de los culturosos que acuden a tugurios malamuerteros, me permito hacer una confesión: La mera verdad y si quieren que sea brutalmente sincero, nunca he entendido ni compartido la afición de la banda bloguera por los tugurios de mala muerte ni esa afición sacramental al Zacazonapan. Digo, una vez de vez en cuando está bien, pero de ahí a hacerlo un modo de vida y una sede insustituible. En fin, cada quien sus gustos.
Ya en serio ¿De verdad les gusta ir ahí? ¿Les parece agradable? Ya he dicho más de una vez que considero que el mejor lugar para pistear, platicar y escuchar música a todo volumen es la sala de mi casa o en su defecto la playa. Sí, ya se que la cerveza es muy barata en esos tugurios, pero no creo que más barata que en el super. Además, y disculpen si la sinceridad suena pedante, no entiendo qué gusto le pueden encontrar a pistear cerveza en caguama. La cerveza en caguamas sabe a orines, es desabrida, de pésima calidad. Digo, la mera verdad mi paladar disfruta más un vino en el café Saverios.
Carajo, no faltará que me tilde de pedante, pero si vas a salir a crapulear, nada se compara al placer de descorchar un buen Casillero del Diablo, que por desgracia no hay en las existencias de esos tugurios como el Turis y el Zacaz, donde por si fuera poco ni siquiera transmiten futbol.

Ahora los cultureros se han apropiado de los bares de mala muerte y tratan de hacerlos a su imagen y semejanza, de imponer sus leyes. Hasta lecturas de poesía hacen en el Zacaz, háganme el favrón cabor.
¿Por qué? ¿Quieren sentir que son marginales, malditos, oscuros, bukowskianos? En 1990, Puerto Escondido era una playa con una buena dosis de belleza virgen y auténtica, hasta que los turistas de playas como Cancún, Ixtapa y Pueto Vallarta tuvieron a bien partirle la madre, porque querían experimentar algo psyco. Lo mismo le pasó a mi amado Real de 14 y mi querido desierto de Icamole. Hasta un pinche rave hicieron en Icamole, lo cual me dio un coraje de aquellos. Que forma de partirle la madre a lo bello. Ahora los intelectuales toman por asalto los bares de mala muerte y hasta se permiten amenazar a los comensales. No debe extrañarnos.

Eso sí, aclaro que la fauna culturosa del Universo nunca me ha hecho nada malo en mi vida ni tengo nada que reclamarles, fuera de inyectar una dosis de insoportable tedio a mi entorno cuando he por casualidad me he topado con ellos.


Las fabulosas burlas a los intelectuales pueblan las páginas de la obra de Fernando Nachón y están entre mis partes favoritas de sus libros. Enrique Serna les dedicó toda una novela, buena por cierto, llamada El miedo a los animales.