Eterno Retorno

Monday, January 20, 2003


Busco casa
Disertación sobre las hijoeputeces de la clase media mexicana

Dentro de su teoría de la lucha de clases, al marxismo se le pasó elaborar una hipótesis sobre aquellas actitudes, compor-tamientos o actividades que encasillan (por no decir aprisionan) irremediablemente a un ser humano dentro de una clase so-cial.
El pasado fin de semana realicé una actividad prototípicamente clasemediera, un hecho que por si solo tatúa en mi frente la palabra clase media: Mi esposa y yo buscamos casa y por lo tanto, nada más sensato que usar el domingo para ir hasta donde están esas protuberancias de cemento manufacturadas en serie para que los clasemedieros forjemos nuestro futuro.
En el índice de probabilidades humanas o para efectos de una imbécil estadística, lo más lógico y predecible es que una pa-reja integrada por una mujer de 25 y un hombre de 28, con empleo estable y finanzas medianamente sanas, busque hacerse de una casa. Carol y yo somos clientes potenciales para los asesores inmobiliarios, una presas suculentas a quienes va dirigida toda su mierdoza publicidad de futuros promisorios en casitas rodeadas de áreas verdes, con carros nuevos y regordetos te-pescuincles simpaticoides. Porque en este esquema feudal eso es lo que nos corresponde. Los veintiochoañeros de la alta su-ciedad no tienen de que preocuparse. No irán a ver fraccionamientos para comprar inmuebles a crédito porque sus padres o sus suegros ya les habrán regalado un canturrial desde antes de la católica boda. Los discípulos del salario mínimo, el sub-empleo o la migración forzada tampoco irán a ver esos fraccionamientos. Para cuando cumplen sus 28 años ya habrán inva-dido un cerro o viven en el cuartito de atrás de casa de sus suegros o deambulan de un lado a otro sin que los fantasmas de las hipotecas les quiten el sueño. En el mejor de los casos, si son líderes de cuadra, acudirán a un Sabatón o un Miércoles Ciuda-dano y exigirán al Gobierno que les regale una casita.
Una casa. Un pedacito de planeta para que uno pueda aplastar las nalgas cada noche. Y he ahí un tipo que pregunta por nuestros ingresos, nuestro historial crediticio y laboral, que nos habla maravillas de esos cucuruchos llamados casas muestra deliciosamente decorados, ordenados, limpios., listos para que un clan clasemediero llegue a habitarlas luego de empeñar su vida en papiros incomprensibles atiborrados de Udis, tasas bancarias, hipotecas y diversa cagada.
Pero cumplir cuatro años pagando 400 dólares de renta sólo por contemplar cada mañana un Pacífico cada vez más escon-dido e inoloro no es un buen negocio y es otra forma de clase mediera esclavitud.
Ni modo. Uno es esclavo de su pinche clase social. De esa suerte de hijoeputeces consuetudinarias que el sistema nos depa-ra. Tarjetita bancaria en mano, celular a la cintura, gastos medidos, pequeños lujos, grandes sacrificios, sueños realistas y guajiros. Aumentos de sueldo, amenazas de desempleo, aparatos electrodomésticos al contado, carros de subasta, seguro co-ntra catástrofes apolcalípticas y por supuesto sistema de alarma.