Eterno Retorno

Saturday, February 18, 2017

La novela es como el estuario o el arroyo donde desembocan varios ríos. Ríos caudalosos con torrentes furiosos y cascadas, ríos de aguas cristalinas atiborrados de peces pero también ríos de aguas negras, ríos sucios y contaminados, ríos de aguas estancadas o plano pantanos. Todo cabe y todo desemboca. Es como el Tigre en Argentina, un arroyo desembocadura de muchos ríos que bifurca entre un montón de islas. Así veo a la novela. Los ríos son los géneros literarios y la novela es el gran estuario en donde todos pueden desembocar. ¿Cambiaron las reglas del juego? No, más bien cambió el juego completito, aunque en realidad casi cualquier innovación ya estaba en el Quijote. El hipertexto, la fusión de géneros, las historias paralelas, los relatos ocultos dentro de otro que van emergiendo como muñecas rusas. Todo eso ya estaba en 1615, cuando Cervantes concluyó la Segunda Parte. Lo que ya podría ser un subgénero ensayístico en sí mismo es el obituario de la novela. Los sepultureros o los funebreros de la novela son una especie que se multiplica. Lo peor es que se creen originales, modernos e innovadores. Con demasiada frecuencia me topo sabihondos que te salen con la perorata de “la novela ha muerto”. Se llenan la boca cuando lo dicen. Proclaman su muerte pero casi todos ellos - vaya paradoja- acaban escribiendo una novela que generalmente suele ser un bodrio hipster posmo experimental abstracto autoficcional que a mí las más de las veces me resulta aburridísimo y ahuevante. Lo siento, pero cosas por su nombre. En la novela cabe todo y aferrarse a un canon es absurdo. Creo que la novela y el ensayo (el ensayo libre hijo de Montaigne, obviamente, no el académico) son los géneros más libres y tolerantes con la fusión y la experimentación. Hay novelas que bifurcan o se fusionan con ensayos y ensayos que al final son novelas. Cuando la fusión se logra con habilidad y malicia el resultado es fantástico y es algo que disfruto muchísimo. Novelas donde cabe el ensayo, la crónica, el reportaje, el epistolario (aunque sea en forma de twit o post facebookero). Siendo honesto yo soy más ensayista que novelista y a menudo cometo el pecado de reflexionar demasiado en mis ficciones o atiborrarlas de contexto. Aun así, debo admitir que admiro a los grandes contadores de mentiras, a quienes más allá de los delirios autoficcionales son capaces de inventar personajes, de crear una trama, una historia con dilema y desenlace, aquellos grandes mentirosos que poseen el embrujo para mantenerme despierto y sembrarme más preguntas que respuestas. La novela está viva y vivirá mientras sea capaz de reconstruir o reinventar en palabra escrita el universo y el espíritu de una época y mientras esa arquitectura de palabras encuentre un solo lector y lo transforme en insomne y le llene la cabeza de dudas. Mientras eso suceda los funerales y el réquiem podrán quedarse esperando.

Wednesday, February 15, 2017

Como una suerte de juego de galletas chinas, a menudo abro al azar libros de Federico Campbell y me pongo releer donde la aleatoriedad dicte. Las más de las veces encuentro una clave o un señuelo que retroalimentan alguna obsesión actual. Anoche abrí Post Scriptum Triste y me reencontré con este párrafo: “Todo escritor de oficio sabe que cuando está escribiendo y deja de hacerlo –porque se va a comer o a dormir, a meterse debajo de la regadera o a transportarse en un taxi- hay otro escritor que sigue escribiendo. Ése es el verdadero escritor fantasma que, como el perico en el hombro del pirata, tiene todo escritor. Este “papagayo de pirata” -según me decía mi amigo brasileño Wladir Dupont- sigue escribiendo en las noches de insomnio o de sueño profundo. Es el escritor automático que no pocas veces soluciona los mejores párrafos”. Coincido con el gran Federico. El mejor narrador, el más loco y alucinado de todos, es el que me toma por asalto cuando voy caminando, cuando me estoy quedando dormido o cuando sueño. Es ese canijo contador de historias que en los momentos menos adecuados y sin decir agua va me pone a hablar solo. Para escribir no necesito tener una pluma en la mano o estar frente a un teclado. Cuando me mires a los ojos y mi mirada esté en otro lugar (Charly García dixit) es porque estoy escribiendo. Hoy se cumplen tres años sin Federico Campbell. Mil y un hubieras e historias de lo que pudo haber sido se han tejido desde entonces mientras cruzo furtivamente y sin papeles mi propia frontera narrativa.

Casa del Abuelo. Hay ciervos (y duermevelas) condenados a retornar a perpetuidad al mismo abrevadero (¿abismo abrevadero?). Casa del Abuelo, pero no en esta ocasión la de Río San Juan, sino la impersonal esquina azul, la biblioteca frente al Ángel de Garza Sada. En las paredes se leen teléfonos de alguna agencia petulante con nombre anglosajón. El vecino, cuyo nombre y elementales características he olvidado, resultó ser conocido y hasta amistoso. Aguardé en su casa hasta que arribaron los de la agencia. La casa estaba cerrada con varios candados. Pregunté por libros prófugos de la biblioteca donada, por el busto en bronce de Cervantes. Había algún montoncito con textos didácticos infantiles y algún embalaje incierto. Observé la sala y el comedor, improvisados como cuarto de hospital la última vez que estuve ahí, y pensé en que los nuevos propietarios jamás sabrían que justamente ahí expiró mi Abuelo el 14 de enero, que los nuevos habitantes deambularían entre sus nuevos muebles sin saber que en ese punto exacto yace el último aliento de un filósofo, que cada improbable rincón es el ojo de un tornado de almas muertas y que hoy la niebla es tan duermevelosa y de novela negra…

Saturday, February 11, 2017

Las historias suelen ser caprichosas. A veces se insinúan y nos rondan de cerca por años; nos guiñan un ojo, nos tocan la pierna por debajo de la mesa y nos arrojan destellos de lo extraordinario que sería narrarlas, pero todo se reduce a un juego de seducción, un idílico castillito mental del que nunca brota una primera piedra. Hay una idea que durante meses se aloja en lo profundo de la cabeza y cuando parece que va a germinar acaba diluyéndose como un puño de arena. Muchas quedan solamente en eso, meras tentativas y fugaces deseos. Hay una vasta bibliografía de libros que he deseado escribir y nunca fueron más allá de un garabateo de dos hojas.

Friday, February 10, 2017

Cuando la neblina es ama y señora de los días, el entorno de la carretera Escénica es un espectro diluido en el gris de febrero, una sombra difusa, apenas una intuición. Hay días como hoy en que la niebla lo devora todo. Ante los ojos no hay mar ni horizonte, mucho menos islas. Del Pacífico sólo queda el rumor, la intuición de su presencia, el viento helado y la respiración del gigante dormido que ni siquiera huele a agua marina. De las olas más furiosas sobrevive el retumbar perdido entre el color de los fantasmas. El resto es brisa helada, el abrazo de un mar inodoro, el vacío. Sólo el vacío.

Monday, February 06, 2017

Cien añitos cumple nuestra lindísima muerta.

Los mexicanos tenemos una relación enfermiza y disfuncional con nuestras leyes. Las creamos como una suerte de salmo, una litúrgica letanía destinada a hacernos creer nuestra pertenencia a una sociedad idílica mientras alegres nos sumergimos en el abismo que separa el de jure del de facto. Un abismo que ha atravesado y atraviesa nuestra Historia y marca nuestra vida cotidiana desde el virreinato hasta nuestros convulsos días. Nuestras constituciones han sido sacras letras muertas en donde se construye un país utópico, una sociedad ideal en donde sería hermoso vivir pero en donde todos sabemos y asumimos que no vivimos. Damos por hecho que entre la ley y la vida real se interpone un grandísimo hoyo negro al que debemos adaptarnos. La aplicación de la ley no es ni ha sido nunca nuestro fuerte pero su redacción se nos da de maravilla. Eso sí, nuestra tradición constitucionalista es preciosa. Al final, al menos en el deseo, somos hijos de la Ilustración, de El Espíritu de las Leyes de Montesquieu, de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aunque nuestras leyes supremas nazcan divorciadas de la sociedad en donde pretenden aplicarse. Hermosa historia de lo que pudo haber sido fue la Constitución de Cádiz en 1812. La Pepa pudo haber creado una gran confederación panhispana, pero se limitó a inspirar los Sentimientos de la Nación y la Constitución de Apatzingán, sepultadas bajo la pólvora de la guerra de Independencia. En 1824 creamos una suerte de Frankenstein federalista, un zapato a la fuerza mal copiado al vecino del norte que acabó costándonos una dolorosa mutilación. Conste que mi paisano Fray Servando se los advirtió. En 1857 logramos crear la Carta Magna más liberal y progresista del orbe, tan adelantada a su época, tan vanguardista, que fue imposible de aplicar y derivó en la paz porfiriana y su “mátalos en caliente” que después de medio siglo de guerras civiles, cuartelazos e invasiones, era pedida a gritos por nuestro pobre país. Seis décadas después, tras toneladas de plomo mal gastado en cuerpos innecesarios, los carrancistas quisieron domesticar a la bestia revolucionaria con un gran Leviatán jurídico que hoy cumple un siglo. Nuestra Constitución es un portento de la literatura de ficción. La nación que habita en sus 136 artículos tiene cara de tierra prometida. Épica es nuestra gran distopía constitucional, nuestro aferre a vivir a plenitud esa dualidad a lo Jekyll y Hyde entre la ley y la calle. Aun así, tenemos una envidiable Constitución. Nadie dijo que no hubiera cadáveres exquisitos. Felices cien años querida señora. Después de todo debemos admitir que eres una muerta seductora. (DSB) PD- La descomunal Constitución que aparece en la foto fue un regalo del gran Leonardo del Bosque. Acaso su recuerdo sea lo mejor de este 5 de febrero.

Saturday, February 04, 2017

He vivido creyendo que la Muerte es la gran justiciera. Después de todo nada hay más radicalmente democrático que su guadaña. Tú puedes ser Donald Trump o el pordiosero de la esquina y la única garantía, lo único absolutamente seguro, es que tendrás un último aliento. En un mundo esencial y naturalmente injusto la Muerte se encarga de hermanarnos. Pues bien, a estas alturas de la vida ya no es descartable que eso también se acabe. Acaso en un futuro mediano morir sea un asunto de pobres. Con confesa y creciente obsesión me sumerjo en el tema de la amortalidad. Después de volarme la cabeza con De animales a dioses, ahora emprendo el camino de Homo Deus, una historia del mañana del israelí Yuval Noah Harari. De forma paralela me sumerjo en Cero K del neoyorkino Don DeLillo. Un ensayo y una novela que giran en torno al mismo tema: trascender la mortalidad. Si la peste negra inspiró a Pieter Breueghel a pintar el Triunfo de la Muerte (y a Hellhammer, antecedente de Celtic Frost, a componer una macabra pieza inolvidable) acaso las nuevas conquistas de la nanotecnología puedan motivar una obra que se llame La Derrota de la Muerte. La obra de Noha Harari (no apta por cierto para chairos ni mojigatos) plantea a grandes rasgos que el ser humano va acercándose cada vez más a transformarse en una suerte de deidad. De ser un simio insignificante el hombre se parece cada vez más a un dios. Vaya, ante un Neandertal lo que hacemos en el Siglo XXI podría resultar propio se seres divinos pero acaso dentro de medio milenio nosotros mismos seamos el equivalente a neandertales ante la mirada de nuestros descendientes. Si le creemos a Yuval hay no pocos científicos y empresarios cuya vida entera está consagrada a derrotar a la muerte y conquistar una suerte de eterna juventud. Menciona al gerontólogo Aubrey de Grey y al inventor Ray Kurzweil. Incluso en Silicon Valley hay mentes que están por la labor. Google Ventures ha fundado una subcompañía llamada Calico dedicada de lleno a impulsar proyectos biotecnológicos enfocados a prolongar indefinidamente la vida. Bill Maris, presidente del fondo de inversiones, asegura que una vida humana de 500 años podría no ser una ficción en un futuro no tan lejano. Según Yuval, hay no pocas hipótesis que sitúan el arribo de la amortalidad para el año 2100, aunque Kurzel y De Gray piensan que para 2050 ya habrá seres humanos (no precisamente de economía precaria) que driblen una y otra vez a la Muerte con periódicos tratamientos de rejuvenecimiento. De eso más o menos va la novela de DeLillo. Criogenización de seres humanos que aguardan congelados al triunfo de la ciencia. Acaso la amortalidad pueda tornarse un infierno o un lastre como le sucede a Melmoth El Errabundo, un odioso pacto fáustico, un mórbido retrato de Dorian Gray. Mi única certidumbre es que este tema está sembrándome ideas que podrían derivar en algo, no sé aún qué, pero va a ser alucinante.

Thursday, February 02, 2017

Su enfermedad empeoraba. Lupus, - lobo en latín- era el nombre del padecimiento cuya causa era, al parecer, una desafortunada lotería genética. El “lobo” se tornaba particularmente agresivo con ella. No era descartable que estuviera ya afectando órganos vitales. Alanah había leído libros sobre mujeres indígenas que curan con hierbas. Había escuchado sobre brujas y curanderas capaces de hacer milagros e intuía que ellas podían salvarla. Una limpia, un desdoblamiento interior, un ritual para encontrarse. El hallazgo de su hermana debía ser una señal. Un viernes por la mañana Alanah cargó una mochila con varias mudas de ropa y se subió al trolley. Llevaba puesta una sudadera con capucha que le cubría por completo la cabeza y le disimulaba al máximo el rostro, donde el sarpullido en forma de mariposa había dejado de ser una sugerencia para hacerse evidente. Más allá del ridículo de ese porno-naif, lo que a la distancia me parece sorprendente es que escribí esa tentativa de novela como un acto de onanismo literario. Jamás siquiera me pasó por la cabeza la idea de hacer por publicarla y para ser franco ni siquiera consideré mostrarla a alguien o pasarla en limpio. La escritura era un fin en sí mismo, un destino total. Una escritura autista ajena a cualquier asomo de pretensión. La escritura cerraba su círculo al momento de garabatear cada palabra. No deseaba otra cosa que excitarme escribiendo. Al no pensar siquiera en un hipotético lector, mi tarea carecía de intenciones a posteriori. Creo que toda mi narrativa infantil y adolescente padeció ese autismo y eso mismo la hacía pura. En aquel entonces yo no pretendía ser escritor. Tan solo deseaba escribir. Confieso que nunca he vuelto a retomar esa pureza.