Eterno Retorno

Monday, November 20, 2017

“Cuánto plomo mal gastado en cuerpos innecesarios”, cantaban hace dos décadas y media los radicales vascos de Eskorbuto. La frase me parece el epígrafe perfecto para esa catarsis del caos llamada Revolución Mexicana que un siglo después seguimos festejando con asueto y desfile. ¿De verdad debemos sentirnos orgullosos de esa carnicería? ¿Hay razones para estar de fiesta por una matazón ciega? Los sinsentidos se pintan solos. Pareciera que en México disfrutamos la fiesta de las balas. En las calles de una ciudad como Tijuana donde en promedio matan cinco personas diarias y donde cientos de personas mueren de la forma más absurda, festejamos el supuesto aniversario de un exabrupto violento que sembró el país de cadáveres. Duele decirlo, pero mucho más que eso no obtuvimos. Muertos y más muertos, la mayoría de los cuales cayeron sin saber exactamente por qué combatían o qué defendían. ¿Democracia? ¿Justicia social? Ja, ja. La fase más sangrienta de la Revolución irrumpió en el momento en que las facciones triunfantes del constitucionalismo se enfrentaron entre sí. El México de 1910 era un país de 15 millones de habitantes de los cuales el 80% eran analfabetas y en donde la industria y la clase obrera estaban en fase embrionaria. En diez años de guerra murieron más de un millón de mexicanos, lo que tomando en cuenta la población de entonces representa un verdadero holocausto demográfico. ¿Valió la pena sufrirlo?

La madrugada en el desierto seguía idéntica a sí misma. Intactos el manto de estrellas, la canción del viento y el silencio de Leo, que con inusitada rapidez encontró los primeros jícuris. Con su navaja partió la biznaga y le pasó unos gajos a Balbina. Quiso decir algo como “no, cómo crees, estás loco Leo, ya no estamos para estas loqueras”, pero al ver los pedazos de la cactácea en la palma de su mano pensó que a lo mejor esta vez el Pequeño Venado podría enseñarle un camino ¿Le daría Mezcalito respuesta a sus dudas de treintañera extraviada? ¿Cruzaría un umbral que la arrancara de su zona de confort y esclavitud? Cerró los ojos y se metió el primer gajo a la boca con el ánimo de quien salta al vacío desde un trampolín. Aquello volvió a saberle a mil carajos y el retrogusto amargo fue una máquina del tiempo más potente que las estrellas y las sonrisas silenciosas de Leo. ¿Qué pensarían en la oficina si se enteraran que la contadora Balbina Ramos se fue de madrugada a pepenar peyotes al desierto? ¿Alguien de su entorno actual se la imagina en esas circunstancias? Leo rompió su mutismo para decir algo sobre el infinito poder de un verdadero iniciado para poder moverse en la oscuridad y la capacidad de un guerrero para correr en las tinieblas. Algo dijo sobre un jabalí que lo perseguiría, sobre el encuentro con su nagual, el salto a la realidad aparte y otros mantras castanedianos. De pronto empezó a acelerar el paso y sólo entonces Balbina reaccionó. - Espérame Leo, no tan rápido, me voy a tropezar, pero aquel ya iba en franca carrera, en plan de maratonista y pronto dejó de verlo y oírlo. Ya regresará, pensó Balbina y algo la hizo creer que la mejor alternativa era quedarse en ese lugar y no moverse. Fue entonces cuando el tiempo empezó con tretas y disfraces. Minutos mentirosos en donde el instante tiene cara de eternidad. El amanecer irrumpió sin avisar y cuando de repente todo era claridad a su alrededor, Balbina tuvo la certidumbre de que Leo no regresaría y que la única alternativa posible era caminar y salir de ahí.

Saturday, November 18, 2017

Mil y una noches tocaste hasta que la guitarra mordió. De cada cuerda brotó la descarga eléctrica y cada decibel cargó los cañones que nos saludaron con 21 disparos. A cañonazos transcurrió la vida hasta que esta mañana volvieron a doblar las campanas. El primer café de este sábado lo bebo con la noticia de la muerte de Malcolm Young. El soundtrack de mi vida lo tocan cada vez más músicos muertos. Hace 33 años mi padrino José Manuel me grabó en un casete el Back in Black y desde entonces la corriente alterna y directa irrumpió en las venas y algunas cosas brotaron de mi cabeza. Para no ir más lejos, AC/DC fue la mayor inspiración musical de Días de whisky malo. Así los whiskochos, así vida. For those about to rock…We salute you.

Friday, November 17, 2017

El amanecer me recibe con un teatro de sombras en la cortina de la sala. El primer actor es el colibrí ¿alcanzan a distinguirlo? Está ahí, entre las ramas del arbolito y los barrotes de la ventana. Hay albas desbordadas de embrujo. Ninguna otra hora del día se habla de tú con la magia. En los instantes previos a la primera luz, la playa de nuestra mente aún está empapada por la marea alta de un sueño alucinante. El hechizo de lo onírico todavía no se disipa y el tirano racional yace amodorrado. La primera luz es el territorio natural de las ficciones (y la luz de este otoño es cosa de encantamiento). Ya está aquí el dejá vu otoñal. Este amanecer lo he vivido infinitas veces y está poblado por mil y un fantasmas que te hablan al oído. Ninguna época del año tiene días tan embrujados como octubre y noviembre. Es como si el entorno entero estuviera infestado de espectros aferrados a mandar mensajes y jurarte que el Mito del Eterno Retorno existe. La sensación es omnipresente: este aire y esta luz son de otro día que transcurrió años atrás. En otoño suelen irrumpir como si nada las vueltas de tuerca y los radicales cambios en la dirección del viento. En Baja California brillan por su ausencia las hojas secas pintado de rojo los caminos, pero a cambio tenemos un cielo de petulante desnudez y atardeceres cómplices de las lunas más redondas. Lo mejor de este otoño –ni duda cabe- es su cielo y su luz. El canijo colibrí lo sabe y actúa en consecuencia. Y un día cualquiera alguien quemará todos mis libros o los tirará a la basura o los donará a un pordiosero y esa catarata de papel, tinta y delirio yacerá en el drenaje profundo de alguna ciudad en donde no sobrevivirá un solo lector y a nadie le dirán nada mis subrayados y mis garabatos enfermos, ni mis rúbricas compulsivas ni todas esos señuelos de obseso, rastro de mi delirante y patológica relación con este objeto en desuso. Entiendan por una vez carajo: lo mío no es cultura ni erudición; es puro y vil teporochismo, un jaipo libando su Tonaya, un chacuaco quemándose las yemas de los dedos con la bacha de su último tabaco mojado, un errabundo carcomido por su incapacidad de mirar a los ojos del mundo real, el vil aferre de un náufrago adicto al naufragio. Hoy no quiero escribir. Es pedirle peras al olmo. No es la primera vez y no si será la última o acaso la definitiva, porque a partir de este otoño navaja no me será dado escribir nunca más. No te preocupes. Me ha pasado otras veces. Enciende las alarmas el día en que no quiera leer más, cuando mis libros me generen indiferencia o repulsión y me refugie en el mal viaje de una pantalla y deje caer la noche sin la dulce furtividad de un párrafo malandro horadando mi imaginación. No hay sosiego en la negra noche de mi ignorancia ni punto de fuga al final de la página. Hay libros, sólo libros; chingos de libros y chingos de muertos. Libros y muertos; muertos y libros; libros que mueren, libros que se zombidifican. Un millón de papeles olvidados desfilando por calles muertas en plan de cadáver caminante. The night of the living dead book. A la mierda las arquitecturas prosísticas y sus patrañosos personajes. A la mierda los suspensos y los abortos disfrazados de desenlace. Acaso la única herencia sea la libre asociación, el derramar palabrería como el vómito del borracho. Derramar, arrojar y naufragar en torrentes de mierda. Arrancar la última mirada antes del olvido.

Wednesday, November 15, 2017

A veces un mensaje o un símbolo son la semilla de la narración. Durante un periodo particularmente violento de la historia de Tijuana, la mafia solía mandar coronas fúnebres a las casas de las personas que iban a ser ejecutadas: policías, abogados o simples soplones recibieron flores antes de morir lo que inspiró mi relato Corona de muerto, en donde un apocado juez municipal auxiliar encuentra un arreglo funerario con su nombre en la puerta de su casa. Todo el entorno laboral del pobre juez lo sabe condenado a muerte y a nadie siquiera le pasa por la cabeza que pueda sobrevivir. La única duda es cuándo y cómo morirá. Guardando la abismal proporción debo admitir que Crónica de una muerte anunciada de García Márquez y El proceso de Kafka fueron mis guías espirituales para conformar la escritura de ese relato que al final se pintó de negro profundo. ¿De dónde vienen las ideas? De los lugares menos pensados. El centro neurálgico de mi relato Muerte accidental de un pasquinero lo soñé con mórbida claridad. En mi sueño, yo investigaba la extraña muerte de un viejo gacetillero sonorense cuya biografía estaba escribiendo, aunque a la hora de narrar su final ocultaba deliberadamente una verdad que sólo yo poseía. Al despertar supe que escribir esa historia era una manda. Nunca antes ni después he vuelto a tener un sueño así en donde un relato me es revelado. Si tuviera sueños así más a menudo ya habría publicado más novelas que Mankell.

Tuesday, November 14, 2017

Arquitectura interplanetaria, galácticos palacetes edificados a años luz de mi cama. A las arenas de mi subconsciente les gusta mojarse con aguas broncas del Pacífico y perder la mirada entre colas de cetáceos, pero aún no les daba por andar cruzando furtivamente las garitas de los sistemas solares. Mi primera incursión onírica a los parajes de Ray Bradbury y Philip K. Dick. Recuerdo alguna fálica verticalidad como de CN Tower junto al Lago Ontario y algunos relieves de fondo marino. Recuerdo piedras tatuadas de rupestres revelaciones, gravedades desafiadas e intuiciones del éxtasis por venir al saberme huésped de lo ignoto. Mis duermevelas son las naves de un alienígena imperio nonato, los pinceles de donde brota la cartografía intergaláctica. ¿Me será dado volver? Soy el viajero durmiente, el errabundo de un almohadón sudado, el trotamundos de la zona profunda de la madrugada, el indocumentado que sin pasaporte vuela hacia el final de la noche. Hace unas horas fue Beijing y por herencia me queda una avenida ancha y una caminata alegre. Sé que estuve una semana y que al final del día me aguardaban hangares de bicéfalas aeronaves. El néctar de mis vagancias es la construcción de su posterior relato, las deformes ficciones que brotarán cuando jure y confiese haber desandado tantos mares. Son las sábanas mojadas, son los dientes de la noche.

Sunday, November 12, 2017

He dicho que en mi entorno hay más escritores que zancudos zumbando en un atardecer tropical. Lo verdaderamente catastrófico es que de la mano de cada escritor camina su respectiva escuelita para enseñar a escribir y formar otros seres como él. Si le echamos matemática esto puede rayar en hecatombe, pues al impartir su taller el escritor en cuestión se multiplica por cinco o por ocho o diez. El negocio no es vender o regalar libros destinados a no ser leídos (tarde comprendieron) sino promover talleres para formar a otros entes a su imagen y semejanza. La consigna es multiplicarse como los Gremlins, esparcir el contagio y transformarlo en epidemia. Un mundo infestado de gente aferrada plasmar en palabras sus obsesiones. El planeta plagado de seres que te dicen léeme, léeme, ponme atención, embriágate de mis palabras. Si ya te dedicas a escribir o algunas cuantas personas te ubican como diestro en las artes narrativas entonces debes abrir cuanto antes tu escuelita. Puedes llamarle como quieras: taller suele ser lo ordinario y laboratorio lo vanguardista. Debes ofrecer algo dinámico, ágil, realista, divertido. Tu saloncito de clases no solo es la zona sagrada de donde brotará mágicamente el narrador oculto que llevas dentro, sino un espacio para la convivencia, el intercambio y el posible ligue. El mandamiento parece ser inviolable: si eres escritor entonces debes tener tu libro y tu taller o incluso puede que no hayas aún publicado nada, pero eso no te exime de ofertar tu sabiduría y tu destreza para enseñar al inexperto a acomodar palabras. Tratar de vender un libro es a priori infructuoso. Es como obligar a alguien a perderle el amor a 150 o 200 pesitos y aparte dedicarle tiempo y concentración a tus desvaríos. Es posible que algunos amigos desembolsen el billete y te pidan una firma. Lo verdaderamente improbable que te lean. En cambio si le ofreces a alguien la llave mágica para aprender a acomodar oraciones como si fueran legos y a construir un relato como quien levanta un castillito de arena, hay muchas más posibilidades de seducirlo y engancharlo. La ecuación es fácil: a nadie le interesa leer; lo que quieren es escribir y ser leídos. ¿Y de verdad somos tantos? ¿Habrá una estadística confiable capaz de acercarse al porcentaje de personas que en algún momento de su vida intentan probar fortuna en la escritura creativa? En una ciudad de dos millones de habitantes ¿Cuántos trataron de escribir por lo menos alguna vez un cuento o un poema? ¿Son una multitud capaz de atiborrar una plaza? Cuando los veo así, todos juntos, tiendo a creer que en realidad son cientos de miles y estoy tentado a creer que el Himno Nacional Mexicano debería decir “un poeta en cada hijo te dio”. Pero luego miro afuera de mi mundo y reparo en que aún esa masa es minoría frente a los millones y millones de personas a los que la escritura simplemente les vale madre y nunca en 80 0 100 años de vida sentirán siquiera la curiosidad de plasmar un pensamiento o una idea en palabras escritas, mucho menos dar forma a un relato. Millones y millones de seres ágrafos entre los que hay políticos, empresarios y respetables líderes ciudadanos. Millones de seres que no leerían una página tuya aunque les pagaran, ante quienes aquello que haces es un amontonar de letras monserga, letras ladrillo, letras tedio. Bultos de palabrería cuyo mayor mérito es fungir como pastilla para el insomnio.

Tuesday, November 07, 2017

La Vorágine

Hay quien dice que en los instantes previos a la muerte uno ve su vida entera como una película. Tal vez esta comparación sea particularmente odiosa y desafortunada, pero creo que en los minutos previos al fallo final del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez pude ver, como si estuviera en un acantilado, mi camino de vida dedicado a la escritura. Lo dimensioné absurdo y sublime; ridículo y heroico; maldito y bendecido, condenado a cargar la cruz de lo tragicómico. Nunca como en este otoño me había hecho tantas preguntas en torno a la escritura como vereda existencial. En la límbica región de las noches insomnes y en las errabundas caminatas sin rumbo mi imparable diálogo interno naufraga en un océano de dudas. ¿Qué papel desempeño en este juego? ¿Por qué diablos hago esto? ¿Para qué o para quién escribo? De pronto el mundo literario está ahí, tan inmenso e insignificante a la vez. Por un instante el universo de la escritura me parece descomunal, complejo e inabarcable en su eterna competencia, pero después lo dimensiono pigmeo y estúpido, una vil extravagancia de chiflados, un clubcito tan trascendente como el de unos coleccionistas de mariposas o adictos a la filatelia. Los acomodadores de palabras jugando su carrera de ratones. No voy a negarlo o a minimizarlo: he vivido días extremos e intensos y en mi cabeza se ha desatado una tormenta tras otra. Quise blindarme contra la ilusión pero no pude. Creí poder resistir el embate de los sueños y las vanas esperanzas pero mi coraza fue despedazada. Me ilusioné y el que se ilusiona tiene un nombre: iluso. Bastaron unas cuantas piedras para despedazar mi blindaje. En poco tiempo he ido acumulando cierto kilometraje en certámenes literarios, pero juro que nada se compara a la dinámica del Premio García Márquez. Su juego de suspenso y teatralidad te sumerge en un ciclón. Aunque quieras apartarlo de tus pensamientos el tema del premio te sale al paso una y otra vez. Lo más sorprendente y gratificante fue sentir el respaldo de muchísimos tijuanenses. Gente con la que no tengo una relación cercana y algunos a los que apenas conozco me expresaron con brutal honestidad su apoyo y su fe en mi trabajo. Nunca me había sentido tan cobijado y hoy me duele comprobar que muchos se ilusionaron tanto como yo. También fue emocionante convivir en Colombia con mis colegas finalistas, Liliana, Alejando y Federico, dueño cada uno de su propio e intrincado universo. Fue imposible no quererlos y verme reflejado en ellos. Los minutos previos al fallo fueron un ritual de solemnidad y sufrimiento. El elegante Teatro Colón de Bogotá atiborrado de periodistas y funcionarios del Ministerio de Cultura, el grandilocuente discurso del presidente del jurado, la lectura del acta y el triunfo de Alejandro Morellón Mariano, un joven escritor español que ha construido un alucinante mundo fantástico en su cabeza, un tipo extraordinario que irradia un aura de autenticidad y nobleza, un personaje literario en sí mismo. Su triunfo es justo y el premio queda en buenas manos, pero creo que nunca podré superar haber visto cómo se rompía la ilusión de mi hijo Iker mientras el acordeón vallenato inundaba el recinto. Mi única certidumbre es que en Bogotá terminó una etapa en mi vida. Llegué a la estación final de una época extraordinaria y tras el forzoso aterrizaje aún no consumado, sólo puedo concluir que en este noviembre lluvioso comienza un nuevo camino que por supuesto aún no sé a dónde diablos me llevará.