Eterno Retorno

Monday, April 23, 2018

Estas fotos son del 21 de abril de 1999, el primer cumpleaños que pasé junto a Carol De Hoyos. Desde entonces hemos estado juntos en todos los abriles. Hoy, estas cosas pienso después de darle otra vuelta al Sol. 1- Conforme voy creciendo reparo en que Gardel tuvo muchísima razón: sí, es un soplo la vida y veinte años no es nada. Son apenas una ráfaga de viento. Convertirte en adulto significa acelerar la historia. La infancia es el único tiempo calmo de la vida, cuando los días corren lentos y un año significa eternidad. Hoy los días son destellos, simples suspiros y los años pasan a la velocidad de semanas. Me asusta la naturalidad con la que cuento anécdotas de hace dos décadas como si fueran recientes. La existencia tiene prisa. 2- La mitad del camino de la vida de la que habla Dante o la línea de sombra de Conrad, las he dejado atrás. Cumplí 44 pero no voy a vivir 88, o al menos no estoy haciendo ningún mérito para llegar a esa edad, así que el medio tiempo de este juego ya ha pasado. Hoy estoy más cerca de la muerte que del nacimiento. 3- Ser adulto ha sido muy chingón. En mi adolescencia pensaba que la vida solo era disfrutable en la juventud, que la adultez sería una descomunal piedra de Sísifo y que nada bueno podía pasarme después de los 30 años. Simplemente me equivoqué. La última década ha sido por mucho la mejor y la que más he disfrutado, empezando por la llegada de Iker. De no haber vivido estos últimos años me habría perdido de muchísimo. Tan simple como que hoy soy más libre que a los 18. 4- He aprendido a dimensionar y atesorar la fugacidad de los instantes. Lo más fascinante es que somos efímeros y que cada pequeña ráfaga de amor y felicidad es irrepetible y por eso mismo, eterna. 5- Fuera de los inocultables kilos, tampoco creo haber cambiado tanto. Si platicabas conmigo hace 20 años y platicas este día no encontrarías diferencias significativas. Me apasiona lo mismo. Hace dos décadas me bebería una cerveza y te hablaría, como ahora, de libros, de viajes, de heavy metal, de los Tigres. Tal vez soy menos rabioso y peleonero, menos aferrado a tener siempre la razón y provocar, ligeramente más soportable, aunque tampoco crean que tanto. 6- En donde más se nota la edad es en las facturas que debes pagar el día después. Puedes beber tan a gusto como hace 20 años, pero pagas una cruda cada vez más cara. Lo mismo pasa con las desveladas y los viajes. Sigo siendo un mochilero hormonal, pero el kilometraje ya cuesta. 7- Sigo sin tener un dios y sin embargo me siento bendecido. No tengo a quién rezarle, pero siempre siento la necesidad de agradecer. Gracias es una palabra omnipresente en mi pensamiento y en mi vocabulario. Si hoy fuera mi último día de vida, para el mundo y para quienes me han acompañado en este camino solo tendría gratitud. Gracias cabrones. Les juro que ha valido la pena vivir estos 44.

Friday, April 20, 2018

Un día cualquiera recordarás la mañana aquella de mayo en que Vera Palestina salió de la prisión mientras tú pepenabas en Gandhi una improbable antología de narradores rusos prologada por Juan Villoro y un libro de viajes escrito por Claudio Magris que has leído mil veces sin leerlo y donde escribe (como has escrito tú y un millón de mochileros) que la literatura es viaje, que leer y caminar son la misma cosa. Recordarás que mientras optabas por el Hemingway de Padura y Si viviéramos en un lugar normal te enteraste de la muerte de la madre de tu colega Roxana, apenas unos minutos después de hablar con el guardia tapatío de la librería sobre el helicóptero militar derrumbado en Jalisco y la nueva generación (de narcos, de muertos e indiferentes de toda calaña) y después regresarías a casa y beberías, whisky, mezcal y cerveza, y pensarías que ya ni por puta casualidad o error de cálculo liberas párrafos en estepas blancas y deseaste llamar a tu madre y compartir este exabrupto con alguien y liberar una frase que fuera más allá del machacadísimo aleatoriedades, naufragios, aleatoriedades, yaciente, y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

Thursday, April 19, 2018

Esta portada del periódico El Norte representó uno de los mayores chascos de toda mi carrera periodística. Veinte años después vuelvo a verla y aún siento la patada de la desilusión, propia del futbolista que acaba de anotar un golazo y celebra frente a la grada quitándose la camiseta, sin reparar en que el árbitro ha anulado la jugada. El 19 de abril de 1998 fue un quieto Domingo de Pascua en Nuevo León, en donde la gran noticia eran los incendios que devastaban Chipinque y las sierras del sur. En mi calidad de reportero novato, debía trabajar en Semana Santa y cubrir los descansos de los compañeros más veteranos que tenían el privilegio de vacacionar en esos días. Aquel abril acabé apestando a humo y chamusque. La única noticia eran las quemazones forestales y allá me la pasaba yo, corriendo detrás de los bomberos, los soldados y los no pocos voluntarios que combatían el fuego. La tarde de ese domingo tomé una foto interesante: acostado en la tierra, enfoqué a unos soldados que escalaban con cuerdas sobre una ladera ennegrecida en donde se apreciaban los troncos quemados. Mi cámara era una Nikkon de rollo y en aquella prehistoria digital, no sabías cómo te había salido la foto hasta que era revelada en el laboratorio. Para mi gran sorpresa, la imagen gustó mucho a los editores y la seleccionaron para ser portada no solamente de El Norte, sino de Reforma. Si firmar la nota de ocho como reportero era complicado en aquel periódico donde la competencia interna era descomunal, colocar una foto en la portada sin ser un fotógrafo era algo más que una hazaña. Poco después de las diez de la noche salí de la redacción en la calle Washington, luego de haber visto en la computadora la imagen de la portada del periódico tal como saldría dentro de unas horas, con mi foto como dueña absoluta del espacio. Me fui a dormir con la satisfacción del deber cumplido, preparándome para celebrar mis 24 años de vida con mi primera foto en una portada nacional. La hiel del infortunio cayó sobre mí al amanecer, cuando el periódico del 20 de abril me arrojó sin piedad la carota de Octavio Paz. El gran Tlatoani de la literatura mexicana había tenido a bien morirse casi a las once de la noche, justo cuando la portada con mi foto estaba por entrar a prensas. Ahora, el creador de La llama doble era amo y señor de la primera página y mi foto de los incendios yacía refundida en el laberinto de la soledad de las páginas interiores. Creo ni Bolaño, ni Santiago Papasquiario y ni el mismísimo Yépez odiaron tanto a don Octa como lo odié yo esa mañana. Con una hora más tarde que hubiera tenido a bien morirse, mi foto habría sido alzada en las manos de los voceadores en todo el país. Mi incipiente carrera de fotógrafo murió esa mañana. La peor noticia fue que entonces me dediqué a escribir.

Wednesday, April 18, 2018

La red de agujeros de la visión de los vencidos es mi atrapasueños en la altamar de la primavera Juglar. En la arena mojada de la duermevela, intuyo algo sobre la inminente desaparición de Facebook o Twitter, un holocausto de red social que de tajo cambiará nuestra manera de vivir, pero lo mejor sin duda fue el desvencijado camión avanzando de noche por serpenteantes barrancas hacia algún pueblo mocho de Aguascalientes o los Altos de Jalisco, y a mí lado, bordeando el desbarrancadero, jure y su cachonda, cahondísima dosis de malamuertez del Bajío. Pese a todo llegábamos a un sitio que bien podía ser la casa de su tía, donde había tequilita de sobremesa y esa actitud de católica clasemedierez y a mí me quedaba por herencia la intuición de una faldita de flores y el amanecer de abril, irrumpiendo furtivo y pretencioso (prohibido usar la palabra furtivo). En algún lugar yace el pensamiento a la deriva. ¿Por cuál ranura se ha fugado la noche? ¿Dónde están los hoyos de la red atrapasueños? Nada en la nevera. Como cazador de fieras oníricas estoy reprobando la materia. Las bestias de hace un rato hoy son rocío del alba evaporado. Infranqueable es el poder de abril; de hierro su agrafía (irusta agrafía) Del exilio tenocha recuerdo, las noches en metrobus y la lluvia sobre mi bici, el deambular por la colonia del Valle, la furtividad de la siesta en Parque Hundido. El amanecer del lunes y su mentiroso silencio patrañoso. Silencio. ¿Te acuerdas de la muralla del nocturno silencio? Valiendo madre. Y pensar que a un gordo jotolón le gustó esa frase. ¿Dónde carajos quedó ese cuaderno verde militar?

Tuesday, April 17, 2018

Es un libro de nueve cuentos sobre personajes de la frontera bajacaliforniana. Destacan historias como Infortunios del Centinela, Yace la piedra de la locura en La Rumorosa, Desbarrancadero resort, Juglar del Bordo, Chapuzas de la clarividencia reporteril. El estilo es muy similar a Días de whisky malo o Dispárenme como a Blancornelas. Mucho humor negro y no pocos reporteros como personajes (aunque no únicamente). Hay dos cuentos totalmente fantásticos, pero otros son casi periodísticos. Un elemento común que se repite en varias historias es El Bordo, un diario en crisis que aparece en otros libros míos como Vientos de Santa Ana y Dispárenme como a Blancornelas. Es un libro muy regionalista, de espíritu muy bajacaliforniano. Yo tenía grandes dudas sobre si un jurado conformado por cinco escritores argentinos muy reconocidos, podría aceptar un libro lleno de expresiones fronterizas. Por primera vez un libro mío llevará un glosario al final, una suerte de diccionario de tijuanismos para que los lectores argentinos puedan entenderlo. Lo increíble es que este libro tan tijuanense, se publicará al otro extremo del continente. Será la primera vez que un libro mío salga de la imprenta y vea la luz en un país distinto a México ¡y vaya país! Argentina, la nación cuya literatura más me ha influido.

Friday, April 13, 2018

Fue en la víspera del verano 2011 cuando Sergio Pitol visitó Tijuana por última vez. Su salud ya estaba muy mermada y apenas podía pronunciar palabra, pero estuvo ahí, a pie firme, mientras los lectores congregados en el Cecut le decíamos lo que su obra ha significado para nosotros. Aquella vez le pedí una dedicatoria para Iker en la primera página de Los cuentos de una vida, acaso la mejor antología del cuento universal que tengo en mi biblioteca. Lo que no supe, hasta varios años después, es que el gran Alfonso Foto Lorenzana captó el momento y Jaime Cháidez Bonilla lo publicó en Identidad. Recuerdo la primera vez que vi a Pitol en Tijuana, en el otoño de 2003. Dio una conferencia sobre Nostromo de Conrad. A partir de entonces empecé a sumergirme el universo conradiano. Tanto me influyó, que aquella conferencia inspiró el título de mi ensayo Cartógrafos de Nostromo. Hace un año, cuando fui a la Feria de Xalapa, tenía la ilusión de poder verlo, pero por primera vez Pitol brilló por su ausencia. "Ya no lo dejan salir de su casa, lo tienen en una suerte de reclusion", me dijeron. Hubo un tiempo en que la edición de bolsillo de El arte de la fuga era omnipresente en la bolsa interior de mi inseparable chaleco de mezclilla, una suerte de amuleto y compañero de viaje. Hoy duele esta orfandad. Tienes razón Sergio: Toda estancia es temporal, toda vida es pasajera. Vivir es quedar al margen. No hay exilio más grande que el exilio interior. Y al llegar a cierta edad reparé en que nadie mejor que Sergio Pitol ha definido y sintetizado aquello que somos: Uno es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Sabía que tarde o temprano se daría esta noticia, pero no por ello es menos triste. Se nos fue el primer gran excéntrico, el auténtico híbrido. Hace poco me hicieron la clásica pregunta sobre el libro que me llevaría a esa mentada y deseada isla desierta. Les dije que la antología Los cuentos de una vida compilada por Pitol sería la mejor alternativa. A Pitol le agradezco su prosa monotrema, pero también (y sobre todo) por haberme marcado el camino y las puertas hacia tantos autores: Gógol, Chéjov, Conrad, Grombrowicz. En realidad a Pitol le agradezco muchas cosas. Algo que huele a orfandad y saudade impregna el café de esta mañana.

Wednesday, April 04, 2018

Juglares del Bordo Por Daniel Salinas Basave

Nuestra frontera es un tornado de historias, un ventarrón de vidas, una catarata de destinos bifurcando en mil y un ríos. En Baja California suelen cruzar las más improbables veredas existenciales. Caminar y reportear en estas calles ha representado para mí una maestría y un doctorado en el arte de relatar. Miro a Tijuana y pienso que lo imposible sería no ceder a la tentación de narrarla una y otra vez. Creo que ninguna otra región me habría inspirado tanto. Violenta, caótica y rabiosa, nuestra ciudad suele lucir un vestido de contrastes. La ciudad del puño cerrado y el colmillo filoso es también la madre proveedora y guardiana, la amante incendiaria y pasional, el cálido hogar disfrazado de hotel malamuertero. Casi todas las ficciones que he relatado han brotado de esta región. Baja California es y será mi territorio narrativo. Libros como Vientos de Santa Ana, Dispárenme como a Blancornelas, Cartografías absurdas de Daxdalia y El Lobo en su hora amamantan lodo fronterizo. Hay quien desde la Ciudad de México me ha criticado por ser un autor demasiado regionalista y como a mí “me afectan muhísimo las críticas y me preocupa el quédirán del medio literario”, he alumbrado el que hasta ahora es mi libro más radical y descaradamente bajacaliforniano: Juglares del Bordo. Lo paradójico es que este cachorro tan fronterizo no verá la luz en Tijuana y ni siquiera en México. Saldrá de la imprenta a más de diez mil kilómetros de distancia, en la otra punta de continente, en una de las capitales literarias del planeta llamada Buenos Aires, Argentina. Juglares del Bordo es mi libro número doce y el primero que inicialmente se publicará en un país diferente a México. Será presentado a principios de mayo en la Feria del Libro de Buenos Aires. Hace unos días, poco antes del amanecer, recibi una llamada del escritor Oche Califa. Entre sueños escuché que mi libro acababa de ganar el Premio de Cuento Fundación El Libro. Un jurado integrado por los escritores Mempo Giardinelli, Ana María Shua, Jorge Lafforgue, Carlos Gamerro y Eduardo Lalo lo eligió entre cerca de 200 manuscritos provenientes de todo el continente. Sin falsa modestia sólo puedo decir que aún me cuesta creerlo y lo que esta primavera he vivido sigue aún contagiado por la escencia de lo onírico. Me parecía complicado que un jurado integrado en su totalidad por literatos argentinos de renombre, pudiera encontrarle sentido a nueve cuentos impregnados de jerga fronteriza y referencias regionales. Hay veces que la vida se viste con el traje de los sueños y eso es justamente lo que me ha ocurrido en este marzo embrujado. Juglares del Bordo está conformado por los cuentos La sonrisa de una cabeza robada; Infortunios del Centinela; Chapuzas de la clarividencia reporteril; Desbarrancadero resort; Entreveros de rendichica; Sargazo Zen; Las hermanas del mechón arcoíris; Yace la piedra de la locura en La Rumorosa y Juglar del Bordo. Algunos de los cuentos están basados en personajes reales de nuestra frontera. Ninguna región me ha inspirado tanto como Baja California pero ninguna literatura me ha influido y aportado tanto como la argentina. Ni en mi sueño más salvaje habría imaginado este escenario. A veces, muy de vez en cuando, toca ser feliz.