ENCICLOPEDIAS
Mi infancia estuvo rodeada de
enciclopedias. Con cierta frecuencia me han preguntado cuáles fueron mis
primeras lecturas y cuál fue el libro que me inició como lector y la respuesta
es que mi iniciación fue con las enciclopedias de animales. Eran mi tesoro. Probablemente
el regalo navideño que más recuerdo de mi niñez, fue cuando mi mamá y mi abuela
me regalaron los 18 tomos de la Enciclopedia de la Vida Animal Bruguera.
También fue fascinante coleccionar los doce tomos de la Enciclopedia de la
Fauna de Félix Rodríguez de la Fuente. Recuerdo que cada quince días llegaba el
nuevo tomo a las sucursales de Astra y Autodescuento en Monterrey y para mí era
un día de fiesta. Era todo un ritual el ver por primera vez la portada expuesta
a la entrada de la tienda, pagarlo y correr a casa a hojear el nuevo ejemplar.
Mi primera gran pasión fueron los animales, con mención honorífica para los
grandes carnívoros. Ya después me fui aficionando a la historia y a la
literatura y entonces también le di vuelo a mi afán por coleccionar
enciclopedias sobre el tema. Recuerdo los trece tomos de Historia de México de
Salvat, con sus pastas rojas y sus letras doradas o la de los Doce Mil Grandes.
Recuerdo también que me impresionaba un poco la Enciclopedia de la Vida de
color amarillo y letras azules. Había demasiadas enciclopedias en casa y por
muchos años fueron mi refugio favorito. Mi última gran adquisición fue un
clásico de clásicos, México a Través de los Siglos, que me regalón Don Roque de
Hoyos, abuelo de mi esposa.
Cuando de historiografía
mexicana hablamos, hay un antes y después de México a Través de los Siglos. Fue
en los albores del porfiriato, en 1882, cuando los editores Santiago Ballescá
Farró y José Ballescá Casals proyectaron la creación de una enciclopedia total
que abordara la historia de México desde la más remota antigüedad hasta el
triunfo de la República liberal en 1867. Un proyecto descomunal, ambicioso,
algo nunca antes visto.
El encargado de coordinar el
esfuerzo fue el general cuentista Vicente Riva Palacio, apoyado por autores
como de Enrique Olavarría, Alfredo Chavero, Julio Zárate, José María Vigil y
muchos más.
Siete años después estuvieron
listos los cinco tomos del primer gran monumento historiográfico nacional.
Cierto, existió en el Siglo XVIII el jesuita Clavijero (tengo en mi librero su
Historia Antigua de Méjico) y existieron en la república embrionaria las
historias de conservador Lucas Alamán y el liberal José María Luis Mora, pero
nunca se había tenido una enciclopedia que agotara aspectos políticos,
militares, sociales, económicos y geográficos, apoyada con documentación,
litografías, planos, mapas. Todo un portento editorial.
La letra impresa no murió,
pero las enciclopedias pasaron a mejor vida. Su esencia es totalmente contraria
al espíritu de la época. Creo que actualmente sería un pésimo negocio invertir
en la creación de doce o quince tomos gordos y pesados que ocupan demasiado
espacio en casa y cuyo contenido didáctico se puede consultar gratis en
internet. Aún así, me siento afortunado de haber podido vivir la gran aventura
de sumergirme en las alucinantes veredas de tantas enciclopedias. Tal vez les
parezcan obsoletas, pero creo que las nuevas generaciones se están perdiendo de
algo.